poesia

El llanto de las mareas

A nosotros los vivos, 
a nosotros,
guerreros en muchos sueños derrotados,
se nos agrieta el equilibrio
al querer ser soldados de fortuna
en la lid de los cajeros automáticos,
al asfixiarnos con la luz artificial
dentro de una jaula de grillos opulentos,
y al deglutir la digestión de los motores
como bebida de las cuatro de la tarde.

Precisamos al fin,
como un placebo,
del olor de la tierra bendecida con lluvia;
nos protege del dolor y de la ira
en esos días en los que la agonía de las horas
nos esconde en un laberinto en el infierno.


El llanto de las mareas
será el consuelo,
en la forma de su espuma primitiva,
para nuestras semillas maltratadas,
para alimentar con la memoria del sargazo
la longeva intención de respirar lo puro
e incendiar,
con las gargantas roncas,
la arena que acaricia entre los dedos
nuestro anhelo por abandonar cadenas,
y para elevar
las banderas de la advocación prudente
en el inmenso poder de su canción de cuna,
con la conciencia en paz,
y con la paz
en el contorno de nuestros ojos húmedos.

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