Poesía

Natsukashii

Por el camino del alba ella venía, 
con el perdón de los antepasados
presionándole en los hombros y en los pies,
acosada en sus diluvios.

Me sonreían sus pestañas tristes
mientras sobrevolaba,
con su mirada de ibis negro,
los alrededores de las sombras
acariciándolas con su meñique,
cancelando con un gesto las deudas,
dispuesta a alzar el vuelo
entre la narración de su vida.

Ella rellenaba el tiempo con mil historias,
con la leyenda del aviador
por siempre perdido en su selva,
con el porqué fascinante de su nombre,
contaba del tormento destructor
de un volcán sepulturero de huertas feraces
y de la inocencia de los engañados,
me explicaba como eran
los jardines maldecidos e invadidos
por la hojarasca asesina de las ánimas,
y de como la sangre enamorada
regó su tierra virgen.

Ella enlazaba entre sus lágrimas
las verdades verdes
de quien no le ha puesto nunca nombre,
ni tampoco religión,
a lo sentido.


Abría con mano diestra
la puerta de mi jaula orgullosa
mientras que, con la izquierda,
medicaba los surcos de mi rostro,
alcanzaba a borrar de esta mirada
el gris y el rigor del plomo,
el trajín de un pico negro
de gaviota lóbrega,
y a rescatar del envés de los recuerdos
un tiempo de luciérnagas.

Ella sabía como despertar
mis entrañas dormidas
con los gestos de su maestría callada,
con un vuelo del colibrí en su labios
planeando sobre mi libertad,
posaba la sabiduría tras centrifugar mi frente
hasta hacer sinceras
las rayas de estas arrugas aprensivas
y la mueca de mi boca,
sembraba de migas diminutas de pan
el laberinto gozoso,
indicaba sobre mi piel señales y sendas,
mientras yo impulsaba con letra cursiva
la incubación de su pecho
queriendo recitar rimas insaciables.

Descamisándome con lo dulce de su aliento
me hacía redactar sobre su espalda
palmo a palmo la alegría,
siendo yo la huella táctil
de su lenguaje de mujer sin miedos.


Yo podía adivinar sus tiempos tristes,
tiempos en los que soportó,
revueltas entre el cabello,
la perdición de cien mil avispas,
días tras los que me narró
las otras lunas vivas de sus mundos azules.

Yo la escuchaba,
con su acento tramaba un remolino comprensivo
dentro de mi mente,
su voz se confirmaba
en traste de guitarra afinada de aventuras,
y así ella llenaba mi día
con el hielo cálido de los misterios
hasta completar los círculos del alba
dictados por el hablar de los antepasados.

La veo ahora como cuando era nube
transformada en lluvia de los trópicos,
cielo de primavera rabiosa
y de dos estrellas fluctuantes en crecimiento,
la veo como cuando mi antojo
era la superficie de sus suspiros,
cuando una brújula enloquecida
giraba sin ningún pudor en su vientre,
cuando un tictac
circulaba prisionero en su segundero de bronce,
y su boca hurgaba en nuestro prado
dibujando la frontera de mi aposento
hasta que alcanzaba a convertirme
en el cristal de los prodigios.

Pido hoy que en sus manos se disponga
la intimidad de los libros abiertos,
y que un paraguas rojo guarezca su amor
allí donde lo encuentre.



















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